lunes, 27 de abril de 2009

LISBOA EN 48 HORAS

Por sus tranvías, el Tajo, la cordialidad de sus habitantes, las cuestas larguísimas de calles estrechas, sus castillos y miradores, las casitas bajas o por los pueblos que la circundan, Lisboa es una ciudad que atrapa.
PRIMER DÍA

Es aconsajable comenzar el viaje con un paseo por el centro de la ciudad para realizar la primera toma de contacto. Debido a las dimensiones de Lisboa, se puede hacer un agradable recorrido a pie que lleve al turista por algunos de los puntos más importantes. El inicio del recorrido puede estar en la Praça do Comércio, flanqueada por edificios con soportales y, en cuarto lugar, por el río Tajo. Tras cruzar un gran arco que se erige entre los edificios, se llega a una calle peatonal que da la bienvenida al Barrio de Baixa: la Rua Augusta. Conduce hacia El Rossio. Se trata de la plaza más emblemática de la capital portugesa, donde se encuentran el Teatro Nacional Doña María II, la tabaccaria Monaco y el cafe Nicola, tradicional punto de encuentro literario. Si se dirige hacia la Rua de Sào Juliào, el viajero descubre Santo Antonio à Sé, la Catedral. Es un templo con aspecto de fortaleza que alberga en su interior un baptisterio de hermosos azulejos donde, según la tradición, fue bautizado San Antonio.

A Continuación, es recomendable dirigirse hacia Alfama, uno de los barrios más característicos de la ciudad. Un paseo por sus callejuelas empinadas lleva hasta el Mirador de Santa Luzia, donde siempre hay vecinos bajo la sombra de una pérgola. Más adelante -es preferible coger un tranvía- se encuentra el Castelo de Sào Jorge. Consta de un antiguo patio de armas, algunos vestigios de la capilla real, antiguas prisiones y dependencias reales. Las vistas desde allí son inolvidables: se ve toda la ciudad. Tras la visita al castillo, el viajero puede dirigirse de nuevo a El Rossio y subir, en el Elevador de Santa Justa, al Barrio Alto y Chiado. Un paseo más tarde, llega el momento de reponer fuerzas. ¿El mejor lugar para ello? Sin duda, A Brasileira. Es un café que en su día estuvo frecuentado por los más destacados escritores portugueses, entre los que destaca el poeta Fernando Pessoa. Es por ello que muchos lo consideran toda una institución.










Lo primero que el turista debe hacer por la tarde es visitar las ruinas de la Iglesia do Carmo. Lo que en su día fuera la mayor Iglesia gótica de la ciudad, quedó en ruinas tras el terremoto que destruyó grab parte de Lisboa en 1755. Actualmente, acoge al Museo Arqueológico del Carmen. Hay visitas guiadas en varios idiomas. Este es el momento de conocer Belém, un antiguo pueblo hoy incorporado a la urbe. Se llega tras un recorrido de 20 minutos en el tranvía 15 que sale de la Plaza de Comercio. La primera cita obligada es con el monumento en forma de carabela Padrào dos Descobrimentos, en cuya proa puede verse la estatua de Enrique el Navegante. Se pueden subir sus 52 metros de altura en un ascensor. La siguiente, es la Torre de Belém, construida en el siglo XVI para defender la desembocadura del Tajo. También es imprecidible conocer el Centro Cultural Belém, moderno edificio referente de la vida cultural portuguesa. Por último, hay que visitar el Mosteiro dos Jerónimos: simboliza el esplendor de Portugal durante la época de los grandes descubrimientos. El viajero puede aprovechar esta escapada a Belém para degustar uno de sus dulces típicos en cualquiera de las pequeñas pastelerías del antiguo pueblo.

SEGUNDO DÍA

La jornada comienza con una visita al Parque das Naçoes, construido en el barrio industrial de Xabregas con motivo de la celebración en Lisboa de la Exposición Internacional en 1998. Actualmente es la mejor zona de ocio para los lisboetas. Destaca la presencia del Puente de Vasco de Gama, el más representativo del país. Cruzarlo en coche es espectacular. En las inmediaciones de esta zona moderna, se encuentra también el Oceanario de Lisboa, considerado el mayor acuario de Europa. Merece una visita. Por último, hay que conocer los Jardins da Agua, recintos acuáticos pensados para el descanso. Desplazarse de una punta a otra del Parque de las Naciones es facil gracias a la presencia de un teleférico que, mas que un medio de transporte, constituye una atracción turística que discurre sobre las orillas del Tajo. Encontrar un sitio para comer no es un problema en este lugar: hay infinidad de restaurantes de todo tipo.


Por la tarde, hay que dirigirse a otro extremo de la ciudad. Ni un área periférica ni el casco antiguo, sino la ampliación de Pombal. El paseo puede empezar en la Praça dos Restauradores. De este lugar sale la emblemática Avenida da Liberdade, cuya extensión -1,3 kilómetros de longitud- se puede recorrer a buen ritmo en media hora aproximadamente. Es agradable detenerse a contemplar los edificios decimonónicos que la custodian. Finalmente, desemboca en la Praça del Marqués de Pombal, en cuyo centro se erige un monumento a quien llevara a cabo la reconstrucción de la ciudad despues del terremoto que la asoló. Tras ella, se extienden los jardines del Parque de Eduardo VII. Es el lugar ideal para contemplar una hermosa puesta de sol. En su extremo noroeste se encuentran la Estufa Fría y la Caliente, invernaderos dedicados a plantas exóticas. Si el camino de vuelta se realiza a pie, el turista puede aprovechar para cenar en el restaurante Hard Rock de Lisboa. En el caso de preferir algo más genuíno, puede escoger entre la amplia oferta que se abre entre las calles del centro histórico.

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