lunes, 6 de abril de 2009

Jane Goody o cómo no hacer televisión


Jane Goody murió a los 27 años. Hace ocho, era una completa desoconocida; una joven ordinaria, vulgar, mediocre. Pero su suerte cambió en 2002, cuando fue seleccionada para participar en una edicion del "Gran Hermano" británico. A partir de entonces, y hasta el momento de su último suspiro, supo aprovechar mejor que nadie el filón de la fama para hacerse rica.

Tras su paso por el programa, desfiló de tertulia en tertulia y de portada en portada, haciendo gala de una dudosa educación. Confundió a Sadam Hussein con un boxeador y se ganó la etiqueta de racista tras insultar -en un reality para famosos- a otra concursante de origen indio. Pero lejos de ganarse el rechazo de la audiencia, Jane enamoró al público por su falta de escrúpulos, su lenguaje directo y su caracter imprevisible y chabacano. En medio de esta creciente popularidad -su fama ya había atravesado las fronteras de Reino Unido-, le es detectado un cáncer de cuello de útero. Se muere.

¿Qué hace Jane entonces? ¿Irse a casa? ¿Aprovechar sus últimos meses de vida junto a sus seres queridos, alejada, por vez primera en siete años, de los focos y la polémica mediática? ¡Por supuesto que no! Una estrella made in reality show tiene que estar a la altura de lo que se espera de ella: el espectáculo no ha hecho más que empezar.

Gracias a su laxo concepto de la intimidad y del respeto a uno mismo, a la codicia de los medios de comunicación y a un público sediento de morbo, Jane Goody vendió, durante sus últimos meses de vida, los pormenores de su agonía y los prepatarivos de su muerte. La madre de Jane, adicta al crack, contemplaba orgullosa cómo su hija vendía a los medios el bautizo de sus dos hijos, su boda con Jack Tweed -celebrada dentro del propio hospital-, la venta de libros contando su historia, decenas de exclusivas en revistas sensacionalistas... Y todo para dejar dinero a sus pequeños. Un legado que asciende a cuatro millones de euros.
En tiempos de crisis, espectadores de todo el mundo y empresas de comunicación invierten un total de cuarto millones de euros por ver cómo una enferma de cancer se muere. Cómo se le cae el pelo, palicede, adelgaza, cómo se convierte en un ser incapaz de levantarse de la cama, cómo decide retirarse a su casa para morir con una sonrisa en la cara. ¿Por qué sonrie Goody cuando se retira a morir? ¿Desea acabar con su dolor quizá? ¿Está orgullosa de haber logrado el propósito de ganar dinero? ¿Se siente satisfecha de comprobar que acapara la atención de todos los medios? Según su representante, Jane sabía que se había convertido en "la primera estrella mundial de la telerrealidad". Telerrealidad. Qué risa.

¿Cuál es el límite de los reality shows? ¿Hasta dónde debe llegar el espectáculo? Se ha dicho que tras el caso Jane Goody, se han multiplicado las revisiones médicas en Reino Unido. Que la juventud se ha concienciado sobre la amenaza del cáncer. Que la comercialización de la muerte de Jane es la expresión de la libertad televisiva, una muestra de que estamos en el siglo XXI. Pero lo que más me gusta es esa palabra: telerrealidad. ¿Son los medios los que retransmiten una realidad que sucede, o se ajustan los acontecimientos a lo que los medios pueden vender y explotar hasta el infinito? ¿Se trata de un espectáculo real; o es la realidad la que se disfraza, se caricaturiza a si misma para lograr una performance impecablemente escandalosa?

Los reality shows muestran una realidad edulcorada, nerviosa, caricaturesca, histérica. Sus protagonistas no son ciudadanos de a pie sino sujetos especialmente llamativos. Bien por lo molestos, por lo chillones, por lo malhablados. Y deben tener un límite. Que una joven muera a los 27 años no debería ser un show. Es una tragedia. Que esa misma joven gane cuatro millones de euros por contar cómo se muere como quien cuenta que se va a divorciar no es divertido. Es una tragedia. Que con ello se consiga que las muchachas británicas vayan al médico no es un éxito enternecedor. Es una tragedia. Y también una frivolidad. Que los medios se froten las manos cuando una chica poco ilustrada y de vida caótica se ponga a la venta, no es modernidad. Es una tragedia.

Si el fin de todo el espectáculo que se ha montado en torno a la figura de Jane Goody hubiera sido concienciar a la sociedad sobre los peligros del cáncer -cosa que creo muy improbable- seguiría siendo una aberración. El fin no justifica los medios. Las empresas de comunicación deberían autorregularse para no destruir la integridad del periodismo. Que se haya flirteado con los misterios que entraña la muerte, se haya vanalizado con la agonía prematura de una mujer -por conocida que fuera-, y que se haya vendido como un icono de rebeldía es cruzar una línea que los medios no deberían cruzar. Por muy rentable que sea.

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